Fuentes literarias

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Inicialmente, este tipo de fuentes escritas nos revelan algo clave para entender la figura de Hécate: es una diosa que posee múltiples facetas, pero no mitos propios. Así, a lo largo del tiempo se le van añadiendo funciones, aunque en muchos casos se la suele asimilar con Ártemis. Muchos son los autores del mundo grecolatino que la han mencionado desde el siglo VIII a.C. hasta el II d.C. y, de manera general, podemos decir que casi todos ellos se han ocupado de reflexionar acerca de sus orígenes y campos de acción; más que hablar de las leyendas en las que interviene.

La primera vez que tenemos constancia de Hécate en las fuentes literarias es en la Teogonía de Hesíodo, (siglos VIII-VII a.C.), donde el autor nos habla de ella como hija de Asteria y Perses, por lo que descendería directamente de la generación de los Titanes. Sin embargo, en el transcurso de la encarnizada Gigantomaquia que enfrentó a dioses contra gigantes, Hécate estuvo del lado de Zeus, por lo que el soberano del Cielo y la Tierra la recompensó aumentando sus poderes (a pesar de ser independiente respecto a los dioses olímpicos).

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De esta manera, en un principio la diosa se caracterizaba por conceder las peticiones que los humanos le hacían; especialmente en el ámbito material, la victoria (en juegos y batallas) y a la hora de brindar elocuencia en algún debate. Asimismo, hace que la pesca sea más abundante para la gente de mar y tiene la capacidad de hacer aumentar o disminuir el ganado a su voluntad. En resumen, y como podemos ver en el fragmento situado a continuación, Hécate tiene la capacidad de conceder la felicidad y su campo de acción es bastante amplio, a diferencia del de cada uno de los dioses olímpicos:

“[…] Ella [Asteria], quedando embarazada, trajo al mundo a Hécate, a la que el Crónida Zeus estimó por encima de todas y le dio como brillantes regalos participar de la tierra y del estéril mar, pero también obtuvo parte de la honra del estrellado cielo y es especialmente respetada por los inmortales dioses. En efecto, ahora, cada vez que alguno de los hombres sobre la tierra quiere atraerse el favor de los dioses, realizando hermosos sacrificios según costumbre, suele invocar a Hécate. Mucha honra acompaña con facilidad a aquel cuyas súplicas acepta benévola la diosa y le otorga, además, felicidad, puesto que tiene capacidad para ello. Tiene una parte, en efecto, de todo lo que poseen cuantos nacieron de Gea y Urano y consiguieron una esfera de influencia. No ejerció con ella violencia el Crónida, ni le quitó nada de cuanto alcanzó entre los primeros dioses, los Titanes, sino que conserva lo que desde el primer momento obtuvo, y no por ser hija única la diosa participó menos de la esfera de influencia (y gloria en la tierra, en el cielo y en el mar), sino incluso mucho más, puesto que Zeus la honra […] A quien ella desea, en gran manera lo asiste y ayuda; en el juicio se sienta junto a los venerables reyes, y en el ágora hace sobresalir al que quiere; cuando para la destructora guerra se preparan los hombres, entonces la diosa asiste a los que desea otorgar victoria y concederles la gloria. Asimismo es útil cuando los hombres compiten en un certamen, pues también entonces la diosa les asiste y ayuda y, al vencer en fuerza y capacidad, un hermoso premio con facilidad y alegría se lleva y a sus padres da gloria. Es capaz de asistir a los jinetes que quiere, y a los que trabajan en el tempestuoso mar y suplican a Hécate y al retumbante Enosigeo, fácilmente abundante botín les concede la ilustre diosa y con facilidad se lo quita, cuando parece seguro, si así lo desea en su ánimo. Con la ayuda de Hermes tiene la posibilidad de aumentar los rebaños en los establos y por lo que se refiere a las manadas de bueyes, grandes rebaños de cabras y majadas de ovejas de espeso vellón, si así lo quiere en su ánimo, a partir de pocos los hace prosperar y de muchos disminuir. […]”.[Hes., Teog., 404-452].

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Después de Hesíodo se generalizó un perfil mejor definido de Hécate y ya cuando Apolodoro (siglo II a.C.) escribe su obra Biblioteca tiene en cuenta la tradición literaria anterior al hablar de los orígenes de la diosa:

“[…] De Crono y Fílira nació el centauro Quirón, de doble forma; de Eos y Astreo, los vientos y las estrellas; de Perses y Asteria, Hécate; de Palante y Éstige, Nice, Cratos, Zelo y Bía […]”. [Apd., Bibl., I, 2, 4].

De igual manera, en la Biblioteca histórica de Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.) se menciona a Hécate como hija de titanes; aunque este autor habla de ella de la misma manera que los anteriores, ya que si bien antes Hécate era invocada principalmente como divinidad de la elocuencia o como “diosa nutricia” de las jóvenes (al igual que Ártemis y Apolo), poco a poco se irá especializando en aspectos de la magia y los hechizos, siendo asociada al mundo de las sombras, así como madre de Circe y Medea. Así, Diodoro Sículo dice de ella:

“[…] Dado que la historia investiga las razones de este asesinato de extranjeros, se hace necesario que nos refiramos a ellos brevemente, sobre todo porque esta digresión estarás relacionada con las hazañas de los Argonautas. Helio, se dice, tuvo dos hijos: Eetes y Perses. Eetes fue rey de la Cólquide, mientras que el otro reinó en la Táurica, y los dos se distinguieron por su crueldad. Perses engendró una hija, Hécate, que superaba a su padre en osadía y su desprecio por las leyes. Era amante de la caza y, cuando no tenía éxito, aseteaba a los hombres en vez de disparar a las fieras. Al tener una gran pericia en la composición de venenos mortales, descubrió el llamado acónito, y experimentó la potencia de cada veneno mezclándolos en la comida dada a los extranjeros. Y puesto que había adquirido una gran experiencia en esta materia, primero mató a su padre con una pócima y le sucedió en el trono; luego construyó un templo a Ártemis y, al ordenar que los extranjeros que desembarcasen allí fueran sacrificados a la diosa, se hizo famosa por su crueldad. A continuación se casó con Eetes y parió a dos hijas, Circe y Medea, y también un hijo, Egialeo. […] Circe también se dedicó a la creación de toda clase de drogas y descubrió en las raíces todo tipo de propiedades y poderes increíbles; respecto a un gran número de drogas fue instruida por su madre Hécate, pero descubrió mucho más gracias a su propia investigación, y no dejó que ninguna otra mujer la superara en el diseño de las mismas.”. [Diod. Sic., IV, 45, 2, 3].

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Este mismo autor también habla sobre Medea, que aprendió cosas relacionadas con las artes oscuras a través de su madre y su hermana, en unos fragmentos en los que queda de manifiesto una nueva visión de Hécate como hechicera:

“[…] Respecto a Medea la historia cuenta que aprendió de su madre y de su hermana todos los poderes de la droga, pero que las utilizó con la intención opuesta. Se dedicaba, en efecto, a sacar de peligros a los extranjeros que desembarcaban en su país, unas veces pidiendo a su padre con súplicas y halagos la salvación de los que iban a morir, otras veces sacándoles ella misma de la prisión y velando por la seguridad de aquellos desgraciados, dado que Eetes, en parte por su propia crueldad, en parte porque obedecía a su mujer, Hécate, había dado su aprobación a la costumbre de matar a los extranjeros. Puesto que Medea actuaba cada vez más en contra de los designios de sus padres, dicen que Eetes empezó a sospechar que su hija conspiraba contra él y la puso en libertad vigilada. Pero Medea consiguió escapar y encontró refugio en un santuario de Helio situado junto al mar. […]”. [Diod. Sic., IV, 46, 1].

“[…] Mientras se encontraban en esta incertidumbre, se cuenta que Medea prometió que ella misma mataría a Peliasmediante una astucia y que entregaría el reino a los héroes sin correr ningún peligro. Entonces, mientras todos estaban asombrados ante aquella propuesta y trataban de saber qué tipo de plan tenía en su mente, ella les dijo que se había traído consigo muchos venenos de extraordinarios poderes descubiertos por su madre Hécate y su hermana Circe; que ella nunca se había servido de ellos para destruir seres humanos, pero que en aquella ocasión, por medio de ellos, se vengaría fácilmente de aquellos que merecían castigo. […]”. [Diod. Sic., IV, 50, 6].

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También en el siglo I a.C., pero ya dentro del ámbito romano, Cicerón reflexiona en su obra De Natura Deorum sobre el rechazo de las deificaciones estoicas y de concepciones populares; haciendo alusión a Hécate y su categoría de diosa:

“[…] Y bien, ¿dirás que son dioses Apolo, Vulcano, Mercurio y los demás, mientras que lo pondrás en duda acerca de Hércules, Esculapio, Líber, Cástor y Pólux? Mas, desde luego, a estos se les rinde culto igual que a aquéllos, y en algunas partes incluso mucho más. Luego estos han de ser tenidos por dioses, aunque hayan nacido de una madre mortal. Y bien, a Aristeo, el hijo de Apolo que se dice fue descubridor del olivo, a Teseo, que se dice que es el hijo de Neptuno, a los restantes, cuyos padres son dioses, ¿acaso no se les contará entre los dioses? ¿Y qué hay de aquellos cuyas madres son diosas? Creo que más aún, porque, así como según el derecho civil, quien procede de una madre de condición libre es libre, igualmente, según el derecho de la naturaleza, quien procede de una madre diosa es necesariamente un dios. Así, los isleños de Astipalea rinden un devotísimo culto a Aquiles; si éste es un dios, también son dioses Orfeo y Reso, nacidos de una madre que era Musa… ¡a no ser que las nupcias marítimas se pongan por delante de las terrenas! Si estos no son dioses, por el hecho de que en ninguna parte se les rinde culto, ¿cómo pueden serlo aquéllos?

Por tanto, mira no se estén rindiendo tales honores a la virtud propia de unas personas, como también tú, Balbo (Lucilio Balbo Quinto), pareciste decir, y no a su condición de inmortales. Por otra parte, si piensas que Latona es una diosa, ¿cómo puedes no pensarlo de Hécate, cuya madre es Asteria, la hermana de Latona? ¿Acaso es también ella una diosa? Y es que hemos visto sus altares y sus santuarios de Grecia…Pero si Hécate es una diosa, ¿por qué no las Euménides? Si éstas son diosas – las cuales tienen un templete en Atenas, y entre nosotros, según mi interpretación, el claro de Furina –, son diosas las Furias, como observadoras y vengadoras que son, según creo, de los delitos y de los crímenes. […]”. [Cic., De Nat. Deor., III, 18, 46].

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Por otro lado, si bien hemos dicho al inicio de este epígrafe que casi todas las fuentes literarias hablan sobre la genealogía y atributos de Hécate, también podemos encontrar algunos autores que mencionan brevemente a la diosa dentro de mitos ajenos a ella. Tal es el caso del rapto de Perséfone, leyenda que separa a la joven de su madre Deméter, la cual recorrió cielo, mar y tierra buscándola y que en su camino se encuentra con Hécate (que previamente pudo haber escuchado los gritos de Coré), según nos cuentan los Himnos homéricos (poemas cortos del siglo VII a.C. atribuidos a Homero):

“[…] Mas ninguno de los inmortales ni de los hombres mortales oyó su voz, ni siquiera los olivos de hermosos frutos. Sólo la hija de Perses, la de ingenuos sentimientos, la oyó desde su antro: Hécate, la de brillante tocado (y asimismo el soberano Sol, el ilustre hijo de Hiperión), cuando la muchacha invocaba a su padre, el Crónida. […]”. [Himn. hom., II, 25].

“[…] Desde entonces, durante nueve días la venerable Deó anduvo errante por la tierra, llevando en sus manos antorchas encendidas. Y ya no se nutría con la ambrosía ni el néctar dulce de beber, presa de la aflicción. Y tampoco sumergía su cuerpo en el baño. Pero cuando se le presentó por décima vez la radiante Aurora, le salió al encuentro Hécate, llevando en sus manos una antorcha. Dispuesta a darle la nueva, le dirigió la palabra y le dijo:

– Soberana Deméter, dispensadora de las estaciones, la de espléndidos dones, ¿quién  de los dioses celestes o de los hombres mortales raptó a Perséfone y afligió tu ánimo? Oí su voz, en efecto, pero no vi con mis ojos quién era. En breve te lo he dicho todo sin engaño.

Así habló Hécate, y no respondió a sus palabras la hija de Rea de hermosa cabellera, sino que raudamente partió con ella, llevando en sus manos antorchas encendidas. Y se allegaron al Sol, atalaya de dioses y hombres. Se detuvieron antes sus corceles y preguntó la divina entre las diosas:

– Sol, respétame tú al menos, como diosa que soy, si alguna vez de palabra o de obra alegré tu corazón o tu ánimo. La hija a la que parí, dulce retoño, encantadora por su figura… oí su vibrante voz a través del límpido éter, como la de quien se ve violentada, mas no la vi con mis ojos. Pero tú que sobre toda la tierra  y por el mar diriges desde el éter divino la mirada de tus rayos, dime sin engaños si has visto a mi hija querida por alguna parte; quién de los dioses o de los hombres mortales huyó tras haberla capturado lejos de mí, mal de su grado, por la fuerza.”  [Himn. hom., II, 52-59].

 “[…] Así entonces, el día entero, con unánime anhelo, confortaban de múltiples formas su corazón y su ánimo, demostrándose mutuo cariño. Su ánimo se liberaba de dolores, y recibían una de otras alegrías y a la vez se las daba. Cerca de ellas llegó Hécate de brillante diadema y dio muchas pruebas de cariño a la hija de la sacra Deméter. Desde entonces la soberana la precede y la sigue. […]”. [Himn. hom., II, 438].

Asimismo, Apolodoro sitúa a Hécate en otro de los mitos en los que participa, la Gigantomaquia, aunque no va más allá de la simple mención:

“[…] En cuanto a Porfirio, se enfrentó en la batalla a Heracles y Hera. Pero Zeus le hizo concebir deseo por Hera, y ella al desgarrarle Porfirio el peplo con la intención de violentarla, gritó en demanda de ayuda y, al tiempo que Zeus lo fulminaba con el rayo, Heracles le dio muerte con sus flechas. De los restantes, a Efialtes, Apolo  le atravesó con una flecha el ojo izquierdo y Heracles el derecho; a Éurito, Dioniso lo exterminó con el tirso, a Clitio, Hécate con antorchas y Hefesto a Mimante arrojando contra él hierros al rojo.”. [Apd., Bibl., I, 6, 2].

Finalmente, hemos creído oportuno hablar de una fuente literaria controvertida que Pierre Grimal [1] ha relacionado con Hécate: La Metamorfosis El asno de oro, del autor latino Lucio Apuleyo en el siglo II d.C. (adaptación del original griego probablemente escrito por Lucio de Pratae). Así, en un momento de esta obra, el joven protagonista Lucio, obsesionado con la magia, decide invocar a una diosa de la noche cuyas características nos pueden llevar a pensar que se trate de Hécate, aunque no sea nombrada explícitamente:

“[…] Muy cerca ya de la primera vigilia de la noche, despertado por un repentino sobresalto, veo la esfera completa de la Luna, que en aquel momento surgía de las olas del mar, brillando con intenso resplandor. Al captar los silenciosos arcanos de la oscura noche, convencido también de que aquella poderosa deidad ejerce una decisiva influencia por su soberana majestad y de que su providencia rige por completo las cosas humanas y que no sólo los ganados y las fieras, sino que también los seres inanimados alientan gracias al divino poder de su luz y de su voluntad y de que incluso los mismos organismos, en la tierra, cielo y mar, crecen cuando ella está creciente y disminuyen, obedientes, cuando está en menguante, saciada ya, sin duda, la Fortuna con mis calamidades, tantas y tan grandes, y al ofrecerme, aunque tardía, una esperanza de salvación, decidí invocar a la augusta imagen de la diosa que se hallaba ante mí […]”. [Apuleyo, Met., XI, 1].

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Sin embargo, si bien el fragmento anterior puede llevarnos a pensar en varias diosas, seguidamente Lucio menciona a Ceres, Venus, Diana e incluso Proserpina en su ritual; aunque después de hacerlo, hay algunas líneas que son clave para decidirnos finalmente por Hécate:

“[…] la de triple rostro, la que sofocas los espectrales ataques y mantienes cerrados los accesos a la tierra, que, deambulando errante por diversos bosques, eres honrada con diferentes ritos; tú, que alumbras con esa femenina luz todos los recintos, que alimentas con tus húmedos rayos las fértiles simientes y que repartes inciertos resplandores en tu solitario caminar; cualquiera que sea la advocación, cualquiera que sea el ritual, cualquiera que sea la faz bajo la que es lícito invocarte, ayúdame ya desde ahora en mis extremas desdichas, endereza mi esquiva Fortuna, concédeme una tregua y la paz en mis crueles calamidades, apuradas hasta las heces. […]”. [Apuleyo, Met., XI, 2].

En definitiva, creemos que está bastante claro que la diosa a la que Lucio invoca es Hécate y hemos decidido analizar esta fuente en último lugar porque es la única que bebe de las distintas tradiciones de la diosa que se han ido conformando a lo largo del tiempo: una que concede los favores que se le piden y da la felicidad, y otra asociada al mundo de las sombras que se aparece a los magos y a las brujas con antorchas en sus manos.

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